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Laughing Jill

Laughing Jill

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos

Laughing Jill nos cuenta un relato que transcurre unos cuantos años antes del creepypasta Laughing Jack.

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La amiga imaginaria

Todo esto comenzó con Mary, una niña muy creativa e inquieta que vivía con sus padres en una enorme casa en las afueras. Al estar alejados de la ciudad, le resultaba muy difícil relacionarse con otros niños. Pronto se cansó de estar sola, y su prodigiosa creatividad la obsequió con una amiga imaginaria.

Tenía solo 6 años cuando creó a Jill, y la proyecto tal y como le habría gustado, que fuese: una joven amable y graciosa y vestía un deslumbrante vestido de colores y siempre estaba dispuesta a jugar con ella. Desde ese momento, Mary y Jill se volvieron inseparables. Al principio, sus padres no le dieron más importancia, porque pensaron que se trataba de una simple estaba de la niñez.

En el psiquiátrico

Pero pasaron los años y Mary se quedó atrapada en su imaginación. Se quedaba inmóvil en su cuarto hablando con Jill durante horas. Sus padres, totalmente desesperados, decidieron enviarla a un centro psiquiátrico. Pero Mary no dejó de hablar con Jill en ningún momento.

Durante sus días de encierro en el sanatorio, fue viendo como los vivos colores de su amiga se desvanecían y su expresión alegre se iba transformando en una mueca de amargura. Viendo que Mary no mejoraba, los doctores decidieron hacerle una prueba para ver si se trataba de su imaginación o si realmente veía cosas extrañas.

La condujeron a una fría sala, y la ataron a una camilla para impedir que se moviese, pero en cuanto la introdujeron en el escáner, Mary comenzó a gritar. Vio a Jill a su lado, retorciéndose de dolor, y se volvió completamente loca. A pesar de que estaba maniatada, forcejo con ímpetu para liberarse. Jill gritaba y gritaba en sus oídos; era capaz de percibir su sufrimiento, y Mary sufría a la vez con ella. “¡Parad, parad, no puedo soportarlo más!”, gritó. Las luces de la sala se encendieron, y entró uno de los doctores con expresión de enfado.

Las pruebas

Sacó a Mary del escáner y se encaró con ella, reprobándole su actitud: “¡Se supone que debías estar quieta!”. Pero el doctor palideció de pronto. Al lado de Mary vio la figura de una joven con vestido descolorido que agarraba su mano. Su largo cabello, sin apenas brillo, le llegaba hasta la cintura, y su nariz acababa en un extraño pico. “¿Quién eres y qué haces aquí?”

Le preguntó el doctor mientras Mary se revolvía en la camilla. La extraña figura lo observó tras una media sonrisa, pero no contestó a su pregunta. El doctor agarró unas tijeras, dispuesto a enfrentarse a ella. Se abalanzó sobre Jill y comenzaron a forcejear.

Cuando logró arrinconarla, el doctor alzó las puntiagudas tijeras para clavarlas con fuerza sobre el cuerpo sobre Jill. Pero en el momento en el que iba a asestar el golpe, está lo apartó de un empujón, y el arma fue a clavarse al cráneo de Mary, que al fin cesó sus gritos. La sangre comenzó a brotar, goteando ruidosamente en el suelo.

Jill se quedó estupefacta ante la desgarradora escena: su creadora, su única amiga, acababa de morir delante de sus ojos. Notó que el poco color que le quedaba se desvanecía, y que la locura se apoderaba de ella. Débil y moribunda huyó del lugar.

A los pocos días los padres de Mary celebraron un discreto funeral, que Jill observó desde las sombras. Se había convertido en una total homicida, llena de odio por todo lo que le había hecho a la única persona que tenía. Pero pronto comenzaría su purga.

Más tarde aquel mismo día, cuando la madre de Mary llegó a casa tras velar el cuerpo de su hija, se encontró con una imagen grotesca: un enorme charco de sangre manchaba el suelo del salón, y cuando dirigió la vista hacia el techo, ahogó un grito. El cuerpo del doctor que había atendido a Mary pendía de la lámpara, totalmente despedazado.

La matanza

Los ojos le colgaban de las cuencas, le faltaban todos los dientes y su cuerpo estaba completamente agujereado. La madre de Mary se puso pálida. Se giró para escapar de la horrenda escena, pero al hacerlo, sus ojos se taparon con el paranoico rostro de Jill. Con una extraordinaria fuerza, la criatura la arrojó de un manotazo contra la pared. Se acercó a ella, la agarró del cuello y la levantó. La acorraló contra la pared, y dijo con voz áspera: “Me habéis arrebatado a mi única amiga, pagaréis por ello”.

Jill acercó su rostro al de su víctima, y muy lentamente perforó uno de sus ojos con su picuda nariz. La madre de Mary soltó un grito desgarrador mientras el dolor entumecía su cuerpo. Jill sonrió triunfante, y a continuación perforo su otro ojo, dejándola medio muerta en el suelo.

Un ruido en sus espaldas la sobresaltó. Era el padre de Mary, que acababa de entrar a la estancia. Se giró y se acercó al hombre, que permaneció pegado a la pared totalmente paralizado. Ni siquiera se resistió, así que Jill, con un rápido movimiento, perforó su estómago con su afilada nariz, derramando sus intestinos en el suelo. Soltó una carcajada triunfante que rebotó en toda la casa.

Su venganza se había completado al fin, pero antes de abandonar el lugar se agacho donde descansaba el agonizante cuerpo del padre de su creadora. Metió las manos en su estómago y con sangre caliente escribió en una de las paredes: “JILL ESTUVO AQUÍ”.

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